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Redes para ganar una guerra

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hamlet
Jefe de claves

¿Basta con medidas político económicas como las que defendíamos en el artículo anterior para enfrentar el terrorismo?. ¿Sirven de algo las estrategias ensayadas contra el terrorismo de base territorial frente al «nuevo terrorismo» en red?. Una de las claves en la compleja guerra en la estamos envueltos son las redes sociales. Aquí y en el mundo árabe islámico. De ellas dependen nuestras opciones. Sobre ellas y sobre nuestra propia transformación como país, han de girar las estrategias de los nuevos tiempos.

El mismo día 12 de marzo hacíamos, en debate con nuestros lectores, un análisis sobre qué es y qué hace diferente al terrorismo de red. Llegábamos a la defensa de la tesis según la cual la misma naturaleza reticular de sus acciones llevaban a una forma de organización en red que hacía inútiles las estrategias basadas en la contrainsurgencia propias de la lucha contra el terrorismo territorial; estrategias estas que generaban necesariamente recortes en nuestras propias libertades civiles.

Ayer, en la primera parte de esta serie, llegábamos a la conclusión de que lejos de ser, como se dice tantas veces, fruto de la miseria, el terrorismo islámico y otros terrorismos de la antiglobalización son una reacción de los perdedores del progreso y la apertura al mundo de sus países, es decir, de los pequeños caciques locales en alianza con las aristocracias tiránicas del Golfo. Llegábamos a la conclusión en definitiva de que el marco político del combate del terrorismo antiglobi debería partir del fomento de la globalización económica, comenzando por el fin del bloqueo a los productos agrícolas. En una palabra: para reforzar las tendencias modernizadoras en el mundo árabe islámico lo primero que debemos hacer es liquidar la PAC.

Contra el terrorismo de red más sociedad red

Pero el terrorismo de red islámico no será derrotado sólo aislando a los caciques locales. Tiene otros pilares sociales: en primer lugar las ya nombradas aristocracias petroleras árabes. Estas han de ser derrotadas en su propio terreno con armas financieras, políticas e incluso militares hasta acabar con los regímenes sunníes feudal-teocráticos del Golfo y la península arábiga y llevar, por primera vez, la democracia al mundo árabe. En este sentido, la liberación de Irak, sin haber sido en si misma un golpe contra el corazón de la bestia, si que ha contribuido a que Occidente pueda contar con una plataforma desde la que «vender» democratización y apertura y desde la que influir en la evolución de regímenes como el saudí cuyos dirigentes y beneficiarios se han dedicado sistemáticamente a organizar y financiar masivamente el discurso y el magma donde captar jóvenes para el terrorismo. También en España, en Madrid, aquí al lado mismo, en Estrecho, por ejemplo. Nosotros debemos jugar la simétrica: apostar por crear redes sociales abiertas que permitan transiciones democráticas y desde las que impulsar una nueva estructura social meritocrática. Debemos ayudar, con las herramientas de la sociedad red y de la apertura comercial, a las clases e iniciativas que representan el progreso, los enemigos naturales de caciques y príncipes feudales. En otras palabras, Occidente debe apostar porque surjan redes y sociedad civil en el mundo árabe y debe hacer a esas redes cómplices de la globalización, no negarles sus mieles ni darles con la puerta en las narices.

Pero el mundo árabe e islámico no acaba en Ceuta. El Islam es ya la segunda religión de Europa. Y recordemos: los musulmanes, también los que viven en Occidente, no son el enemigo sino el objetivo a ganar. Pero ¿cómo vamos a integrar a los musulmanes, en su mayoría emigrantes en un país de cuadrillas?. Los intentos de hacerlo desde la vieja estructura social han fracasado en todo el múndo. Sólo desde la previa identidad como nación red podremos tener un tejido social común y no un futuro basado en el triste modelo de «las dos comunidades» (como en Irlanda del Norte).

No todos los antiterrorismos son iguales

Merece la pena ahora hacer un contraste: mientras las estrategias antiterroristas clásicas se basaban en el aislamiento, ahora debemos basarnos en la integración, mientras la contrainsurgencia lleva necesariamente parejo un recorte de derechos civiles, la necesidad de impulsar las redes sociales aquí y en el entorno del mundo árabe islámico nos llevan a tener la libertad, las máximas libertades civiles posibles, como precondición.

Para ganar la batalla al terrorismo de red antiglobalización, debemos en primer lugar cambiar nosotros mismos como país y proyectar ese cambio fuera. Los ejes de esta compleja estrategia habrían de ser más red, más redes, más globalización y más libertades.

Por David de Ugarte