#107062
pereira
Miembro

 

“Cazador blanco corazón negro” del señor Eastwood en la que hay algunos diálogos apropiados para según que momentos.

Parte de uno de esos diálogos entre tres personas, dos hombres y una mujer, en el transcurso de una cena:

 

Margaret -Londres no me entusiasma. Tuve que vivir allí durante la guerra y, desde luego, acabé harta de aquello.

John -Pues yo lo pesé bien durante la guerra. La gente se portó conmigo de maravilla.

M -Pero no todo el mundo se portó bien. Seguramente usted no salió del centro.

J. -Nada de eso… nada de eso. Hice una película sobre el bombardeo de Londres. Lo recorrí entero.

M. -Pero debió estar poco tiempo en Soho, donde yo vivía.

J. -¿Por qué lo dice?.

M. -Aquella gente me pareció espantosa. Todo aquel barrio está repleto de judíos.

Pitt -Señora McGregor…

M -¡Margaret!

P -Margaret debo advertirle que soy judío

M. -¿Qué dice!. ¡En serio!. ¡No!

P. -Si.

M. -Me está tomando el pelo.

P. -No, no le tomo el pelo, Margaret, soy judío.

M. -Lo siento, no puedo creerle… Ya se que no debería decirlo pero debo reconocer que en la cuestión de los judíos siempre le he dado la razón a Hittler.

J. -Margaret recuerde lo que mi amigo acaba de advertirle.

M. -Es que los judíos en Londres eran horribles. Dirigían el mercado negro y casi nunca se alistaban, y si lo hacían se buscaban los trabajos más cómodos. También había judíos de clase alta pero no me estoy refiriendo a ellos, me refiero solo a los judíos del Soho, a los inmigrantes…

P. -Margaret… Margaret, mis abuelos eran judíos, mis padres también eran judíos, y yo soy judío.

J. -Exacto.

M. -¡Oh!. Bueno, no irá a decirme que usted también es judío.

J. -No no, desde luego que no, porque sería mentira y yo no quiero decirle una mentira. Pero me gustaría mucho contarle una anécdota.

M. -Si, las anécdotas me encantan.

J. -Pero no debe interrumpirme porque es demasiado bonita como para hacerlo. Estando yo en Londres, a principios de los cuarenta, cenaba una noche en el Saboy con un grupo de gente bastante selecta y a mi lado se sentaba una mujer bellísima, tanto como usted…

M. -Ahora es usted quién me toma el pelo.

J. -Escuche por favor. Mientras cenábamos y caían las bombas hablábamos de Hitler y le comparábamos con Napoleón. Todos decíamos cosas acertadas y luego, de repente, aquella mujer habló y dijo que lo único que no le molestaba de Hitler era como trataba a los judíos. Naturalmente, todos nos lanzamos contra ella aunque en aquella mesa no había ningún judío. Pero ella insistía. ¿Me está escuchando?.

M. -No debo interrumpir a papá. ¿Recuerda?.

J. -Exacto. Es demasiado bonita para hacer eso. En fin, ella empezó a decir lo que opinaba de todo aquello y que si pudiera los mataría a todos quemándolos en hornos igual que Hitler. Todos nos quedamos en silencio, hasta que yo, dirigiéndome a ella, le dije: Señora, le aseguro que he cenado con alguna de las zorras más asquerosas de mi época, y he cenado con alguna de las zorras más asquerosas del mundo entero, pero usted, señora, es la zorra más asquerosa de todas. En fin, ella se levantó para irse, tropezó con una silla y se calló suelo y, todos seguimos sentados, nadie movió un dedo para ayudarla, y, al final, cuando pudo levantarse, le dije una vez más: Usted, querida, es la zorra más asquerosa con la que he cenado jamás…

M. -¿Por qué me ha contado esa anécdota?.

J. -Pues no se… Esta noche tenía ganas de decirle a usted lo mismo y no quería que pensara que no lo había dicho nunca. Usted señora es la… Bueno, ya conoce el resto.

 

El bueno de Clint es como el vino, cuanto más viejo más bueno.