Avutardas y cigüeñas negras.- Las rocas: Un paisaje subrealista.- Los pinares, un paraíso ecológico.- Los riberos del Tajo y del Almonte, dos ecosistemas excepcionales.- La flor de abeja, alhelías y orquídeas silvestres.

Cualquiera que sea la estación del año en la que el viajero llegue a Garrovillas de Alconétar, a buen seguro que le espera una grata impresión sobre todo si es sensible a las cuestiones relacionadas con la naturaleza. Garrovillas, lejos de la urbanización y de la industria, conserva su medio natural sin grandes transformaciones.

El amplio horizonte, el espacio abierto, es sendero seguro para infinidad de aves, desde las rapaces que se cobijan todavía en los viejos pinares de Valdepelayo, Valdefernando, Morgado, Las Viñas u Holanda, a las cigüeñas que sobrevuelan los tejados en trajín permanente desde las charcas y los regatos hacia las altas espadañas de los templos o los canchales. Todavía -y es un auténtico privilegio- en los despoblados páramos de Villoluengo, Altagracia o Conejo puede el viajero sorprenderse avistando un bando de avutardas o de sisones; cigüeñas negras a la orilla de los regatos; abejarucos en los cantiles de Araya o el Morisco; sorprender la cría de los raposos; escuchar en el silencio profundo de los campos el canto del cuclillo, el reclamo encelado de la perdiz y el sonido multiforme que emerge cada atardecer de los cursos de los re- gatos.

Y si el viajero pretende remansar su espíritu en la quietud de los campos volverá a sorprenderse una y mil veces presenciando los juegos de amor y de muerte de los milanos, del cernícalo y del alcotán, del águila calzada; comprobará cómo las aguas se llenan de ranúnculos y sabrá que existen plantas aromáticas y flores silvestres difíciles de encontrar en otros lugares. Conocerá los molinos harineros de Rehana y del Morisco; restos de antiguos batanes; de las bobias, resto de las primitivas y arcaicas construcciones campesinas las construcciones de bóvedas que guardan los pozos, las norias, las poleas para extraer aguas; y, sobre todo, las rocas, las peñas, que agrupadas o a solas, conforman un escenario caprichoso y surrealista en el paisaje abierto.

La riqueza y la variedad ecológica de Garrovillas es uno de sus patrimonios más preciados. El suelo, dentro de las clasificaciones tradicionales de la Península, es silíceo, es decir, conformado por materiales muy antiguos, entre los que abunda el cuerzo, el granito, los suelos arenosos, y, en menor cantidad la pizarra. Son suelos muy poco profundos en los que la roca madre está a escasa profundidad, cuando no en la superficie. De acuerdo con estas observaciones, se pueden diferenciar en Garrovillas tres tipos de suelos: arenosos, que ocupan la mayor parte del territorio; pizarrosos que se extienden por la cuenca del río Tajo y sirven de asentamiento a la población y suelos de aluvión o tierras fértiles, en las que se han concentrado las partículas erosionadas. A la pobreza del suelo habría que añadir otro factor importante como es el climatológico: inviernos rigurosos, veranos con temperaturas elevadas, gran sequedad y un régimen pluviómetro inferior a los 600 litros por metro cuadrado. Sobre esta base, la agricultura es cada vez más reducida, mientras que la mayoría de las tierras se dedican a la ganadería en régimen extensivo. En los alredores de la población existen los huertos tradicionales y el olivar. Se cultivan cereales en los valles de Altagracia, la Moheda y la Dehesa Grande y el resto se dedica a pastos naturales, que son aprovechados por ganado bovino, ovino y caprino, por este orden.

El ganado de cerda, otrora de importancia, se reduce en la práctica al aprovechamiento doméstico. Sandias, melones, habas y garbanzos son producidos en tierras de barbecho. Espontáneamente crecen en los campos espárragos silvestres, especialmente, en los riberos del Tajo, setas, setas comestibles, aunque inexplicablemente no se recolectan y “criadillas” de tierra, de alta cotización gastronómica. Numerosos riachuelos, con sequía estival, cursan en múltiples direcciones. A lo largo del cauce del arroyo Morisco se encuentran restos de cinco molinos y de algún batán; igual sucede en el arroyo Rehana. La flora del término es extremadamente rica y variada y, en consecuencia, de gran interés botánico. Adaptada a un clima hostil es una vegetación típicamente mediterránea, estratificada en bosque, matorral y hierbas.

El bosque garrovillano está integrado por los pinos piñoneros, situados al Sur y Suroeste de la población, de gran porte y que tienen aprovechamiento maderero y como fruto seco. En el primer caso, artesanos de Garrovillas construyeron las grandes barcazas para transitar los ríos Tajo y Almonte e incluso otros ríos y embalses de las provincias limítrofes. Como fruto, el piñón es bien apreciado en la comarca. Junto al pino, la encina y el almendro son las especies más representativas. En cuanto al matorral, lo más sobresaliente son las escobas (blanca y amarilla), las jaras, el tomillo, el espliego, el galapero, de gran belleza en la época de floración, las zarzas y la magarza. Existen escobas .de altura superior a los cuatro metros. Crecen multitud de hierbas y pastos, algunas de ellas de gran valor botánico: flor de la abeja, lirios muy variados, alhelias, candilitos, suegra-nuera, orquídeas silvestres, etc. En el capitulo de la fauna sobresalen dos habitas ciertamente excepcionales: el de los pinares, ya reseñados en crónicas del siglo XVIII, y los riberos del Tajo y el Almonte, en los que crece el acebuche. En estos todavía habitan zorros, gatos monteses, ginetas, linces, turones, tejones y erizos.

Entre las aves depredadoras son fácilmente observables especies como el milano real, el alcotán, el cernícalo, la lechuza, el mochuelo, el autillo. Menos abundantes, aunque no difíciles de ver, son el búho real, águila perdicera, águila culebrera, halcón peregrino y milano negro. Dentro de las especies cinegéticas destacan el conejo, la liebre, la perdiz, la codorniz, el pato común, la tórtola, la paloma torcaz, y ansares y ánades de distintos tipos. A destacar, en virtud de su valor faunístico, son la avutarda, la cigüeña negra, la garza real, el martín pescador y la cigüeña blanca, esita última en gran abundancia, así como la nutria en la desembocadura de algunos riachuelos. Los carroñeros, representados por el buitre leonado, tienen una colonia en regresión, pero aún pueden verse planeando a gran altura a la espera de divisar el cadáver de alguna res. Los cuervos son excesivamente numerosos, acompañados de otros de su especie, como las urracas, tordos, chovas y grajos.

Merece destacarse la gran variedad de pájaros insectívoros y granívoros: el gorrión, jilguero, cogutas, trigueros, alcaraván, agua-nieve, golondrina, vencejo, alondra, barba-roja, chinguina, chachapín, verderón, zorzal, pitorra, calandria, ruiseñor, abuvilla, etc. Tras la construcción del embalse de Alcántara se han aclimatado especies no autóctonas: gaviotas de varias clases, cormoranes y garcillas bueyeras. De los reptiles, por su abundancia e importancia, se pueden destacar distintas especies de culebras -algunas puede llegar a medir 150 cm.-, el lagarto y los galápagos. Los anfibios están representados por la rana, la rana de San Antonio, sapos, sapos parteros y escuerzos.

Dentro de los roedores, señalemos el ratón dorado de campo y la simpática churupa. Hasta hace algunos años, antes de la construcción del mencionado embalse de Alcántara, el río Tajo constituía una gran fuente de riqueza piscícola. Numerosas familias se dedicaban a extraer de sus aguas, mediante complicados artilugios, gran variedad de pescados; albures, orihuelos, barbos. Actualmente otras especies han sustituido a aquellas: lucios, perca negra americana y carpa royal, que han acabado con las especies autóctonas.

Texto pertenecientes a la Guía historico-artistica de Garrovillas de Alconetar.

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