Túrmulus, un poblado romano.- La Puente Mantible y la Vía de la Plata.- La difícil travesía del Rey Don Juan II y de la infanta Doña Catalina.- La torre de Floripes y la leyenda de Fierabrás.- El ocaso de Alconétar.

Seguimos en Alconétar. Habíamos referido su prehistoria y de un probable poblado el neolítico. Toca referirnos al período más cierto: la época romana, la dominación árabe, los Templarios, la destrucción de Alconétar y el esplendor de Garrovillas. Alconétar, cubierta hoy por las aguas, estaba situada en la orilla derecha del antiguo curso del rió Tajo, en la desembocadura del Almonte; es decir, en la inmediaciones en la torre que sobresale de las aguas del embalse. El lugar, por sus condiciones estratégicas, fue sitio ideal para el cruce del Tajo en el camino entre Mérida y Salamanca, así como entre la Lusitania y el Mediterráneo. El imperio romano precisaba salvar el foso del río para hacer más rápida y segura la Vía de la Plata y construye el Puente de Alconétar o Puente Mantible, como se le ha venido conociendo.

Diversos testimonios históricos y especialmente en hallazgo de monedas y útiles domésticos parecen asegurar que allí junto al puente debió estar Túrmulus, célebre mansión mencionada en los itinerarios de los caudillos romanos. Efectivamente, han aparecido grandes trozos de muralla romana, de sillería granítica. Algunos investigadores han supuesto que allí estuvo el cuartel general de Bruto. Otro vestigio de importancia es un «miliario», que eran columnas de piedra que indicaban, en las vías romanas, la distancia de mil pasos, dedicado, al parecer, a la memoria de Cesar Tiberio. La longitud del Puente de Alconétar o Mantible (cuyos restos han sido trasladados varios kilometres aguas arriba, pero visibles desde la carretera) se calcula que fuera de 250 metros. Servia de paso a la calzada romana que fue construida por Publio Licinio Craso en el año 95 antes de Jesucristo. Se cree que en este mismo año comenzara la construcción del puente, aunque otros investigadores la sitúe bajo el imperio de Trajano, ya en siglo II de nuestra era. Aún puede observar la noble traza del puente que, como veremos, jugo un papel importante en la historia guerrera de los siglos siguientes.

Estas piedras conservan como pocas las heridas de incontables batallas que provocaron destrucción. En el siglo VIII, el legendario caudillo árabe Muza, conquistó Mérida y su zona de influencia, incluyendo Túrmulus. Es fácil prever que ya en estas primeras incursiones en puente sufriera algún daño. Sin embargo, la primera noticia que se tiene de destrucción es en el siglo XIII, cuando con motivo de la concesión del titulo de villa a Garro (la primitiva aldea anterior a la fusión con Alconétar), se menciona el incendio y saqueo de Alconétar y se ordena a sus vecinos ayudar a fabricar barcas con las que cruzar el río y que pasaron a ser propiedad de los Duques de Alba de Cisne. Se supone que el puente romano tuvo, al menos, tres destrucciones. La primera en 1085, cuando Alfonso VI tomo Coria. Una segunda con la invasión almorávide. Y la tercera con motivo de su reconquista definitiva por Alfonso IX. En otras dos ocasiones se tiene la certeza de que se pretendiera reconstruirlo: Felipe II en 1569 mediante una trabazón de maderas.

En el año 1730 se volvió a intentar sin otro resultado. Dos acontecimientos documentan la penosa travesía del Tajo, mientras s decidía la reconstrucción del puente. Merece la pena transcribir lo que le aconteció al rey Don Juan II, en el año 1429: “En este viaje que el Rey hizo, pasando el río Tajo por las barcas que dicen de Alconétar, se trabucó una barca por ir cargada de mucha gente, donde se ahogaron bien cuarenta personas, entre las cuales murieron Pedro Díaz de Sandoval y Diego de Fuensalida, caballeros de estado e buenos linajes”. La segunda peripecia tuvo como protagonista la hermana de Carlos V, la infanta Doña Catalina y sucedió en 1525, con motivo del viaje de la infanta a Portugal para casarse con el rey lusitano don Juan. Era, pues, un cortejo de boda que se trocó casi en tragedia cuando las barcas volcaron salvándose de milagro. Les fue forzoso trasladarse a Garrovillas de Alconétar para reponer fuera y esperar auxilios. Existe un relato entre festivo y dramático del escribano presente en la comitiva, en el que se narra, incluso, el sermón del cura de San Pedro, en día de San Sebastián.

LA LEYENDA DE FIERABRÁS

Al castro romano que defendía el puente le sucedió, en la Edad Media, un castillo torre o atalaya construida por los árabes aprovechando para su reconstrucción las piedras de las vecinas edificaciones de Túrmulus. El castillo paso por todas las vicisitudes de las luchas, batallas y guerras entre nobles, cristianos y moros. La torre del Castillo es conocida por Torre de Floripes, por ser este el nombre de una hija de un rey moro, protagonista de la leyenda caballeresca y que es la siguiente, en escritura del historiador extremeño, Conde de Canilleros: «Fierabrás, rey de Alejandría y emulo de Carlomagno, se enamoro de su propia hermana, la princesa Floripes, la cual estaba enamorada de Guido de Borgoña; confiándolos a su alcaide Brutomontes; que Floripes se introdujo en la fortaleza, dio muerte al alcaide y puso en libertad a los presos; que Fierabrás lo cerco con sus tropas y Carlomagno vino con las suyas logrando vencer y dar muerte al infiel, con lo cual pudieron ya casarse el paladín y la princesa. Los campesinos cuentan que vaga por las ruinas del castillo las almas de Brutomontes y Fierabrás, sin faltar quien dice haber visto al amanecer del día de San Juan, flotando sobre el rió, los barriles que tiraba desde el puente el rey de Alejandría al considerarse perdido, en los que tenía guardados aquel famoso bálsamo que lo sanaba todo».

Hasta aquí la leyenda. Si el lector o viajero quisiera alguna ampliación pregunte a algún anciano que transmite la tradición, recuerde los pasajes del Quijote o sumérjase en los versos de Calderón de la Barca. No obstante, merece la pena aorillar el coche, echar pie a tierra y contemplar el horizonte de las aguas del lago. Guíese por la torre de Floripes; recuerde la leyenda. Justo allí desembocaba el Almonte. Algo mas a la derecha discurría la Vía de la Plata; allí se alzaba el Puente Mantible. Enfrente estaría Túrmulus y la antigua Alconétar. Más a la izquierda, los puentes modernos: el de la carretera y el del Ferrocarril. Bajo las aguas, los paradores -el de la Magdalena-, la basílica visigótica, la tierra del regadío, la del algodón, tabaco o pimiento. Detrás, los dólmenes de Garrote. Hoy es el imperio de las aguas.

EL OCASO DE ALCONÉTAR

Volvamos a la historia. El castillo de Alconétar fue reconquistado a los Moros por Fernando II de León, en 1167, y tras una recaída, de modo definitivo, por Alfonso IX, en 1225. En agradecimiento a la colaboración prestada en las guerras de reconquistas, se cedió el castillo a la Orden de los Templarios, constituyéndose en cabeza de encomienda. Los monjes resistieron allí hasta la segunda mitad del siglo XIII protegiendo a los alconeteños de los repetidos ataques musulmanes. Las rivalidades entre Templarios y las otras órdenes militares, especialmente con la vecina Alcántara, con el obispado de Coria y con la villa de Cáceres, hicieron que, al fin, los primeros abandonaran Alconétar, al parecer en el inicio del reinado de Alfonso X. El Rey se apoderó de nuevo de los territorios abandonados y que eran objeto de disputa por las Órdenes de Alcántara y de Santiago y en 4 de Julio de 1268 los cedió en señorío a su hijo en infanta Don Fernando de la Cerda. A partir de estas fechas, la historia de Alconétar se desdibuja. Se ignoran las razones definitivas que obligaron a los alconeteños a buscar refugio en Garrovillas.

Lo cierto que es que durante en reinado de Alfonso X, Garrovillas queda convertida en cabeza de las Siete Villas, heredera de Alconétar, fundiéndose en una sola: Garrovillas de Alconétar, a pesar de los pleitos que origina el dominio sobre alguno de los territorios. Otra fecha clave es el día 16 de Enero de 1434, año en el que el rey de Castilla Don Juan II, aquel a quien se le ahogaron en una de las travesías de Alconétar «caballeros de buenos linajes», hizo donación de Garrovillas y de Alconétar a favor de Don Enrique de Guzmán, segundo Conde de Niebla. Era esta una familia aristocrática, de origen leones que participo activamente en la reconquista y que obtuvo grandes dominios territoriales tanto en Extremadura como en Andalucía. Una hija de Don Enrique de Guzmán, Doña Maria, casó con Don Enrique Enríquez, conde de Alba de Liste e hijo de Don Alfonso Enríquez, almirante de Castilla. El aludido Don Enrique Enríquez fue el fundador del Convento garrovillano de San Antonio de Padua. De este modo se entrelaza el dominio temporal de Garrovillas de Alconétar con los Condes de Alba de Liste, fundadores de conventos, capellanías e instituciones de toda índole y a quien los garrovillanos entregaban impuestos, diezmos y demás gravámenes. El titulo de Alba de Liste fue creado y otorgado en 8 de Agosto de 1459 a Don Enrique Enríquez.

Los Enríquez eran familia de la aristocracia castellana que tuvo origen en el Infante Don Fadrique, hijo del rey Alfonso XI, y que murió por orden de su hermano el rey Pedro I, por haber intervenido en conjuras y luchas intestinas. Un documento histórico de importancia, correspondiente al año 1790, da idea aproximada del grado de relación o dependencia entre la Casa Alba de Liste y Garrovillas. Al dar cuenta a la Real Audiencia de Extremadura del estado de cosechas se dice: «Las cosechas principales son de trigo, cebada y centeno, por las que se pagan diezmos. Percibe por entero el duque de Frías como conde de Alba de Liste, las siguientes cosechas: uva, zumaque, miel, cera de castra y de enjambre, queso de oveja y cabra y de todo género de ganado. En el ultimo quinquenio correspondieron de trigo 962 fanegas, 835 de cebada y 257 de centeno, por lo que resulta incomprensible los diezmos adeudados por los vecinos que van a sembrar a otra jurisdicción…» Desde aquella remota fecha los Alba de Liste y Garrovillas de Alconétar tuvieron relación hasta bien entrado el siglo XX.

Texto pertenecientes a la Guía historico-artistica de Garrovillas de Alconetar.

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