Un origen visigodo.- La leyenda de las apariciones.- Una feria en la encrucijada de caminos.- Ritos milenarios para desposorios gitanos.- La cueva de la aparición y la cruz siempre-verde.

Altagracia tiene para los nacidos en Garrovillas toda una serie de motivaciones de carácter religioso que, en su conjunto, forman un entramado de enorme valor sentimental. Pero es que, además, Altagracia es la palabra más ancha y prolongada de cuantas surgieron en esta tierra.

Porque aquí nacieron, de este “campo ondulado, con lejanos horizontes”, las Altagracias que hoy pueblan las Américas, desde el Caribe hasta la Patagonia. Las Altagracias de la República Dominicana, las cuatro Altagracias de la Argentina, la de Nicaragua, las cinco de Venezuela y hasta la Altagracia arrabalera y proletaria del barrio madrileño de Villamil tuvieron su origen en este lugar labriego donde los garrovillanos siguen haciendo devoción y fiesta.

Demos cuenta, antes, de la historia: el origen del culto de Altagracia se remonta a la época visigoda durante la cual, en la antiplanicie de Villoluengo, entre vestigios de poblados celtíberos y romanos, ocurrió lo que relatan la tradición, la historia o la leyenda. Así lo dijo un ilustre garrovillano, Moisés Marcos de Sande, desaparecido hace muchos años: “Narra la tradición que en los fervorosos tiempos del medievo, en ocasión de que una humilde pastorcita apacentaba sus ganados en la dehesa de Villoluengo, vio sobre una peña una esbelta figura de mujer, cubierta de negro manto y aureola brillante en su hermosa testa coronada”.

Un día le señaló una oquedad que había entre dos rocas y allí encontró una imagen de la virgen que había de ser venerada con el nombre de Altagracia o Alta Gracia. Tras múltiples peripecias, que la leyenda ensancha o suprime, se erigió en aquel lugar una ermita, origen del santuario actual. La devoción de Altagracia se extendió de inmediato como lo corrobora un antiguo texto: “frecuentada de devotos en casi continua visita, no sólo de los fieles de esta villa y de los pueblos inmediatos, sino de los distantes”. Y así lo prueban los incontables ex-votos que cuelgan de los muros del camerín de la ermita. El santuario posiblemente se remonte al siglo XIII, si bien su trazado gótico data de siglo XV, aunque con partes renacentistas y otras modificaciones posteriores. Al igual que ocurre en el resto de los municipios extremeños falta por hacer una historia sistemática y documentada.

Sin embargo, existen algunos testimonios escritos. Así en 1491 -un año antes del descubrimiento de América- está fechada un acta de deslinde y vecindad entre Garrovillas y Cáceres, en la que se señala la iglesia de Altagracia como mojón intermedio de este deslinde y se alude a los romeros “que fueron a la referida iglesia el día de la fiesta.” En otro documento, que aunque anterior no tiene, sin embargo, la misma seguridad histórica, se cita a Altagracia, en el año 1340, como referencia en los expedientes de repoblación de la villa de Garrovillas. Existe otra cita, de 1397, con ocasión de la acampada de las tropas portuguesas, derrotadas por las fuerzas del Maestre de Alcántara. El resto de las referencias históricas guardan relación con las ferias que en el sitio de Altagracia se celebraban hasta tiempos recientes. En las ordenanzas de las rentas de Garrovillas dadas en 1536 por el Conde de Alba de Liste, existe ya una instrucción relacionada con esta feria que se celebraba desde tiempo inmemorial, el día 8 de Septiembre, en el ejido de la ermita, conocido como Valle de los Tiendas.

El mercado o feria de Altagracia, una de las clásicas extremeñas de fin de cosecha, llegó a tener una enorme significación económica por hallarse la ermita en la encrucijada de viejos caminos. Tomás Martín Gil lo atestigua con la trascripción de un curioso documento del año 1588, en el que se recoge la súplica que los vecinos de Casar de Cáceres hacen al rey Felipe II para que revoque una ordenanza del Concejo de Cáceres que limitaba la libertad de comercio y, en consecuencia, de acudir libremente a la Feria de Altagracia. No hay duda de que se trata de un curioso antecedente de proteccionismo comercial tan de actualidad cuatrocientos años más tarde. Lo cual prueba fehacientemente la pujanza y el esplendor de Altagracia ya en el siglo XVI. Dos siglos después, en las actas de la Real Audiencia de la provincia de Extremadura se decía: “en el santuario de Altagracia, se celebra fiesta el día 8 de septiembre, y en ella se hace feria de ganado vacuno, caballar, mular, de cerda y algunos aperos de labranza.” De estos tiempos provino la tradición gitana de acampar en Altagracia, bajo cuyo atrio se celebraron hasta época no muy lejana los desposorios de acuerdo con los milenarios rituales cíngaros. Retornemos, sin embargo, al sentido religioso de Altagracia y a la ermita que fue el motivo del resto de las Altagracias americanas.

Durante la dominación musulmana, Altagracia sirvió de punto de reunión para que los representantes de la Orden Militar del Temple, asentada en el castillo de Alconétar, y de los municipios más próximos pudieran dirimir amistosamente sus querellas. Durante el siglo XV se reconstruyó la ermita hasta convertirse en uno de los más bellos templos campesinos de Extremadura. Se alza sobre la ondulada, granítica y alta meseta de Villoluengo, a once kilómetros al sur de Garrovillas, en la encrucijada de caminos que se dirigen a Cáceres, Arrollo de la Luz, Casar de Cáceres, Navas del Madroño y Santiago del Campo. Desde esta meseta -“campo absoluto y épico”- prototipo de llanura extremeña de cereal, se dominan las estribaciones de Gredos, la Sierra de Gata, de Cañaveral y de Mirabel, la Peña de Francia, la Sierra de San Pedro y al Oeste, en el horizonte, no tan lejano, Portugal.

La fábrica de la ermita es toda de cantería, con techumbre de ojivales nervaduras, fuerte y sólidamente trabada sobre el altar mayor, y de trazado muy atrevido en los tres restantes tramos de la amplia nave. La puerta principal es de estilo gótico y culmina con un bello rosetón. Existen otras dos puertas, practicadas en el tramo medio de los muros orientados al norte y al mediodía, respectivamente. Un atrio muy holgado y equilibrado rodea el templo, construido en cantería y con techo de madera. El atrio sirve de refugio a los romeros y, antaño, a los labradores y trajinantes. La orientación de la ermita es la clásica de los templos católicos. El tramo del altar mayor está separado de la nave de la iglesia por una primorosa verja gótica de artesanía local, en cuya especialidad sobresalieron los maestros garrovillanos. El retablo del altar mayor es del siglo XVII y de las tablas que lo formaron se conservan algunas, aunque en lamentable estado. La imagen actual es moderna, de las llamadas de vestir.

La existencia de imágenes anteriores no está suficientemente documentada; Se conoce, en cambio, un grabado original de Fray Mathias de Irala (1680- 1753), en el que consta que el Papa Pío VI, que gobernó la Iglesia entre los años 1775 a 1799 concedió indulgencia plenaria a los devotos de Altagracia, además de otras “concedidas por señores cardenales, arzobispos y obispos de España.” Debajo del altar existe un acceso que conduce a una pequeña gruta, en la que, según la tradición, se apareció la Virgen a la pequeña pastora. A la derecha, en dirección al mediodía, existe, dentro de la ermita, una capilla renacentista con excelente verja, obra de los maestros garrovillanos Diego Collazos y Juan Solana, en el siglo XVII. Cobija la capilla una magnífica talla de gran valor artístico del Cristo de la Expiración, aunque de autor desconocido.

Según una tradición, la cruz de la que pende la imagen se conserva siempre verde y así se trata de demostrar mediante una oquedad en la base del altar. En el camerín, que tiene acceso a la izquierda del altar mayor, se conserva una pintura al fresco de Lucenqui, autor igualmente de la pintura que sirve de fondo a la capilla antes descrita. Por último, no debe el viajero abandonar Altagracia sin observar la casa hospedería, frente a la ermita, prototipo de la casa de campo de gran porte, su típico ventanal de esquina y sin visitar los vestigios de una citania celtibérica, así como varios sepulcros excavados en el granito.

Texto pertenecientes a la Guía historico-artistica de Garrovillas de Alconetar.

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