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Seis alcaldes buenos

2016 fue un año de aniversario redondo: hizo 80 años del comienzo de la Guerra Civil española. 2017 es otro año de aniversario rotundo y triste porque hace 80 años del comienzo de la represión organizada y los actos inciviles de aquella guerra, que en cada región y comarca española tuvieron su color y sus particularidades. Días pasados, les conté dos historias que me parecieron estremecedoras acaecidas en Arroyo de la Luz y en Navas del Madroño. Pero no todo fue tan estremecedor y hoy quisiera honrar en esta página a varios alcaldes y líderes políticos de pueblos de la provincia de Cáceres, que se opusieron, poniendo en juego sus cargos, su libertad y hasta sus vidas, a que los pelotones de la muerte acabaran con sus vecinos de ideas republicanas.

Alcántara, Aldehuela, Garrovillas, Brozas, Ceclavín, Mirabel… Me contaba Alberto Cañedo, exalcalde de Carcaboso, lo que le narraba su abuela para explicarle que no en todos los pueblos la situación fue la misma en 1937. Así, en la zona de Plasencia, mientras de Carcaboso y Valdeobispo se llevaron a gente que nunca volvió a su casa, en Aldehuela, el alcalde de derechas metió a todos los representantes de la izquierda en el ayuntamiento. «Cuando los falangistas vinieron a por ellos, el alcalde les plantó cara y dijo que de allí no salía nadie y no se los llevaron», recuerda Alberto. «Es el caso de tres pueblos que no distan entre sí más de cuatro kilómetros, pero en donde hubo mucha más distancia en comportamiento ético», reflexiona Cañedo.

Otro caso particular fue el de Garrovillas. A veces se recuerda que el abuelo de Jordi Évole, Pedro Évole Macías, fue el último alcalde socialista de Garrovillas entre 1932 y 1934. Fue detenido, pero salvó su vida porque su causa se archivó en 1937 y emigró a Barcelona. Si vivió para contarlo fue gracias a una mujer, Concepción Gómez, madre del jefe local de Falange, Casimiro Íñigo Gómez, que no consintió que se llevaran a los presos de la cárcel de Garrovillas y evitó que ‘pasearan’ (fusilaran) a vecinos del pueblo.

Siguiendo el curso del Tajo, río abajo, en Alcántara, fue otro jefe local de Falange, Fernando Reina, quien se opuso a los fusilamientos previstos y logró salvar la vida de varios vecinos del pueblo. Algo que no sucedió en un principio en Ceclavín, donde fueron ejecutados 23 vecinos hasta que salió de la alcaldía el falangista Francisco Claros para ser sustituido por el brigada de la guardia civil, ya retirado, Dámaso Ramos, que acabó con los ‘paseos’ en el pueblo.

Es significativo el caso de Brozas, donde el jefe local de Falange, Ricardo Salvado, no permitió el derramamiento de sangre en contra de la opinión de los falangistas locales que, eso sí, aprovecharon un viaje de Ricardo para fusilar a cuatro convecinos.

El profesor de la Universidad de Extremadura Julián Chaves es quien más a fondo ha investigado estos casos y otros. En su libro ‘La represión en la provincia de Cáceres durante la Guerra Civil’, deja constancia de lo diferente que era para un ciudadano de ideas republicanas o izquierdistas vivir, hace 80 años, en un pueblo con un alcalde o jefe de Falange lleno de humanidad o lleno de odio.

Acabamos este recorrido incompleto, pero ejemplarizante, en Mirabel, donde en octubre del 36 fueron encarcelados el alcalde y dos miembros de las Juventudes Socialistas locales. El objetivo de sus captores era fusilarlos, pero ahí emergió la figura de otro alcalde bueno, Luis González Rivero, jefe local de Falange, que se opuso al fusilamiento, retiró la vigilancia de la cárcel, los presos huyeron a Portugal y el alcalde fue detenido y encarcelado durante dos meses tras ser declarado culpable de la huida de los prisioneros. Justo es, 80 años después, señalar que, en un contexto de represión organizada por decreto, hubo héroes anónimos ejemplares por su cordura y su humanidad.

Fuente: http://www.hoy.es/extremadura/201702/01/seis-alcaldes-buenos-20170201001853-v.html