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Reconocimiento a Leandro Monroy

ASOCIACIONISMO CULTURAL Y BUROCRACIA

Ahora que tanto se habla de la España vacía y del despoblamiento rural, reparo en el vaciamiento cultural de nuestros pueblos. Y al mismo tiempo advierto el mérito de incontables asociaciones culturales que contra viento y marea y contra los imponderables burocráticos, mantienen actividades que promocionan la historia, el folklore, el patrimonio, la memoria de nuestros pueblos. Lo hacen desde condiciones modestísimas, sin apenas recursos, pero ahí están, manteniendo esforzadamente sus programas culturales. Son sociedad civil, resistiendo las embestidas de las instituciones políticas o de partidos que de una forma u otra tratan de engullirlas. E incluso compiten con el nefasto «gratis total» que ha estragado los consumos culturales de las gentes. ¿Ejemplos? A miles. Ocurre además que nuestros pueblos están padeciendo otra clase de empobrecimiento o de descapitalización cultural: el despoblamiento de las minorías intelectuales. Los maestros, los médicos, los profesionales de toda índole, apenas residen ya en los pueblos. Cumplen jornada, y, en ese mismo instante, los abandonan camino de las ciudades. Aquel maestro que continuaba la charla, tal vez pedagógica, en la taberna o en la calle, o el médico con cuya sola presencia o palabra ‘sanaba’ al enfermo, el farmacéutico, el veterinario, el secretario del Ayuntamiento, todos ellos, residen en las ciudades. Es otro modo de empobrecimiento de nuestros pueblos por muy respetables y comprensibles que sean los intereses de maestros, médicos o secretarios.

Nos quedan las asociaciones culturales. No sé si estará hecho el censo de aquellas que permanecen vivas en nuestros pueblos. Hablo de pueblos y no de ciudades. En las ciudades es más fácil mantener programas de acción cultural, aunque nada más sea porque allí coinciden los intereses políticos con los comerciales. Hablo de asociaciones con individuos que pagan sus cuotas, a pesar de que los bancos -¡las Cajas de Ahorros!- les cobran comisiones de gestión bancaria.

Hablo, pues, de los pueblos, de aquellos que libran la batalla contra el despoblamiento. Aquellas «semanas culturales» de la Transición se han convertido en programas de rutas senderistas, teatros, conferencias, publicaciones, proyectos de recuperación de patrimonio o acaso jornadas de historia, conciertos, divulgación medioambiental, recuperación etnográfica. Aquel activismo cultural de la denostada Transición, de aquellas gentes generosas y comprometidas, sobrevive con vestigios admirables en nuestros pueblos al margen, muchas veces compitiendo, con la cultura burocratizada de las Administraciones. En esta Semana Santa he visto iglesias abarrotadas por gente sencilla escuchando conciertos organizados por asociaciones de a diez euros la cuota anual, y he visto por el contrario, a pocos kilómetros de distancia, teatros oficiales semivacíos con programas subvencionados. ¡El poder del asociacionismo y del agrupamiento voluntario!

Por supuesto que no conviene confrontar las iniciativas asociativas espontáneas con las actividades culturales de promoción pública. Pero sí es oportuno reflexionar sobre la utilización de los recursos públicos en la promoción cultural de nuestros pueblos, y de cómo la gestión de las actividades culturales a cargo de las propias asociaciones multiplica su eficacia.

Las asociaciones culturales son por otra parte la vanguardia en la defensa del patrimonio de nuestros pueblos. Del legado monumental y del capital inmaterial que integran la historia de los extremeños. La historia de Extremadura no es solo la que han protagonizado las cuatro o cinco ciudades más pobladas. El protagonismo y el mérito residen con frecuencia en nuestros pueblos o en aquellas villas que tuvieron mejor pasado que presente. Son las asociaciones culturales las que mantienen la memoria o las que emiten las alarmas frente al desconocimiento o la desidia de las Administraciones en la defensa del patrimonio cultural de los extremeños. ¡Cuánta ‘incultura’! O lo que es peor, ¡cuánta indiferencia cultural en nuestros administradores! Desde las asociaciones culturales de muchos pueblos se podría elaborar un catálogo de disparates sobre la indolencia de nuestros gestores culturales.

La razón de esta reflexión sobre el mérito del asociacionismo cultural en los pueblos viene a cuento -como casi todo lo que ocurre en la vida- por una simple anécdota. Imaginen quienes me lean a una asociación cultural de un pueblo extremeño que hace más de treinta años puso en marcha un periódico local que recuperó la memoria de la localidad y se convirtió en instrumento de información para los miles de paisanos emigrados; que incluso llegó a celebrar un congreso de revistas y periódicos locales extremeños; que puso en marcha y mantiene un museo etnográfico de gran calidad con la sola colaboración de sus asociados; que organizó unas Jornadas de Historia Locales de Extremadura, que van por su cuarta edición y de las que nació la Federación de entidades extremeñas organizadoras de Congresos de Historia Local; una asociación cultural que se convirtió en editora de libros ejemplares; que celebra ciclos de cine, muestras etnográficas, campañas de senderismo, excursiones culturales por toda España, que recuperó la memoria de una de las figuras más ilustres de la historia cultural de Extremadura y en su honor celebra un Memorial de Música Renacentista que para sí lo quisieran algunas ciudades; que está empeñada en recuperar la memoria de quienes en los siglos del Descubrimiento participaron en la evangelización de América y de Filipinas, que lucha por proteger uno de los conjuntos de arquitectura rural más notable de la Península ante la negligencia de los burócratas de Mérida.

Es un pueblo como tantos otros, pero que ha tenido la suerte de contar con una asociación cultural ejemplar. El pueblo se llama Garrovillas de Alconétar. El presidente de la Asociación Cultural ‘Alconétar’, desde su inicio, se acaba de jubilar por razón de edad. Y bien seguro que no es un caso único, no sé si excepcional, entre las asociaciones culturales de Extremadura. Se llama Leandro Monroy Blázquez. De profesión, maestro de Escuela.

JOSÉ JULIÁN BARRIGA BRAVO

22 abril 2017 00:31

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