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saavedra
Jefe de claves

Esta mañana de he levantado clásico y para más inri mitológico griego, así que me he puesto a investigar sobre algo que leí hace mucho, mucho, tiempo. La leyenda a la que este recordador se refiere es la historia de Narciso; os la contaré algo resumida ya que si me enrollo con dioses, ninfas, musas y demás congéneres terminaré por cansar al más pintado y no están los tiempos para perder el tiempo en historias pasadas.

Zeus dios de dioses, vivía en el monte Olimpo;  tuvo entre otras muchas concubinas a una tal Hera, que era a la vez su hermana (este tuvo más suerte que el rey moro aquel del romance que tantas veces nos ha cantado Tomas).

El tal Zeus que era un lagartón se entendía a escondidilla, entre otras con una tal Eco. Esta ninfa (señorita) que había sido muy bien educada por ninfas y musas, tenía entre sus muchas dotes el don de la palabra bonita y fácil, enamoraba al personal con solo abrir su boca.

Hera que de tonta no tenía un pelo, no en vano era también diosa, empezó a sospechar que algo le estaba empezando a brotar por su frente. Y ¡zas! cogió a su hermano y marido con Eco en el tálamo intentando procrear otros dioses. Hera que tenía poderes propio de su rango, castigo a la bella, joven y parlanchina Eco a que no pudiera decir más palabra que la última que escuchara de la boca salida con quien estuviera hablando, así que ésta muertita de vergüenza se escondió en el bosque para no ser vista y escuchada.

Ahora ya sabemos porque se le llama eco a la repetición del sonido que produce las hondas cuando chocan unas con otra en determinados lugares.

Bueno a lo que íbamos, vagaba Eco por entre los árboles, cuando un día vio a un apuesto y hermoso joven, Narciso. Este Narciso era un adonis que traía a mal traer a todas las jóvenes, fueran diosas, ninfas, musas, lagartos y largartonas; el problema era que él estaba inmensamente enamorado de sí mismo y no les hacía ni puñetero caso a nadie que le pretendiera amor. Como allá en el Olimpo estas cosas no se perdonaban, Némesis que era la encargada de castigar a los desobedientes  condenó a Narciso a no poder contemplar su imagen bajo amenaza de muerte.

Pero era tanta la admiración que sentía por sí mismo, que no pudo aguantar el castigo y se puso a mirarse en una fuente; fue tanto el éxtasi en el cual quedó, que no pudo apartar su mirada del reflejo que producía su imagen en el agua y murió ahogado en su propio engreimiento.

¡Pobre Narciso! quien le iba a decir a él que por su egolatrismo tuviera una vida tan corta y dejara tantas cosas por hacer por falta de tiempo, además en el Olimpo nadie se volvió a acordar de él y se terminó poniendo este nombre a una flor que aunque bonita, le pasa como a su tocayo, solo dura una primavera.

 

Julio Saavedra Gutiérrez