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El museo de la Hija de Churchill

246 familias de Garrovillas han recuperado, en un empeño colectivo, su cultura campesina

La Hija de Churchill tiene un museo en Garrovillas. Para ser más precisos, el museo no es solo de ella, sino también de la Pichona, de la Ratona y de 246 garrovillanos que han donado enseres, detalles y vestigios del pasado para conformar entre todos uno de los museos colectivos más interesantes de Extremadura.

En Garrovillas, en el antiguo almacén del silo, a un paso de la Cruz Mentirosa, donde los viejos del lugar se han sentado desde siempre a contarse mentiras, hay un museo etnográfico que es toda una sorpresa. Se trata de una instalación muy pedagógica y sugerente que ocupa varias naves y se puede visitar los fines de semana todo el año y casi todos los días durante el verano.

La primera fase de este museo se inauguró en el año 2012 y su origen está en la revista Alconétar, fundada en el año 1977, que se convirtió después en la asociación cultural del mismo nombre. El año 2003, la asociación empezó a recolectar las piezas que se expondrían en el museo.

En la entrada del local, una lamentación del escritor Luis Landero resume la filosofía del empeño: «La mayor tragedia de este siglo es la pérdida de la cultura campesina». Al lado, los nombres de los 246 héroes anónimos, con sus respectivos motes al lado, que han hecho posible este museo.

Lo visitamos en compañía de Leandro Monroy, un maestro jubilado de 66 años que preside la asociación Alconétar, responsable de la iniciativa museística, y de José María González, secretario de la asociación y funcionario de Justicia. En la Asociación Cultural Alconétar hay una treintena de voluntarios que se encargan de atender el museo. A cada uno le toca abrir tres días al año. En verano, suele ser el presidente quien abre a diario.

Este museo explica cómo era la vida cotidiana en Garrovillas de Alconétar antes de que el pantano de Alcántara acabara con una cultura ancestral basada en la autosuficiencia: en Garrovilllas se producía todo lo que se consumía y hasta los años 60 estaba viva la economía del trueque.

Recorriendo el museo, se puede admirar la última barca que se construyó en el pequeño astillero de carpintería de ribera del tío Daniel. Era una barca de pesca, actividad de la que vivían 30 familias en Garrovillas.

Otra sección del museo está dedicada al queso y a las queserías artesanas de los pastores del pueblo. Las diferentes actividades artesanas y comerciales tienen su correspondiente sala (zapateros, herreros, carpinteros y cesteros, tahonas, comercios) y el visitante se suele emocionar recordando objetos y ambientes que formaron parte de su infancia y ahora reviven gracias a este proyecto de todo un pueblo. Recorriendo las dependencias del viejo silo de Garrovillas, uno puede visitar una antigua peluquería, sentarse en un pupitre como el que ocupó siendo niño o escarbar en su memoria para recuperar imágenes familiares, que ahora, en el museo, reviven en forma de narración visual: la cocina donde la madre calentaba el puchero, la habitación donde dormíamos y soñábamos, el comedor que cada tarde se convertía en sala de estudios para hacer los deberes.

En este museo se exponen la primera lavadora y la primera olla exprés que hubo en Garrovillas. Hay, incluso, una máquina clasificadora de huevos, que hoy es arqueología industrial, pero en su momento revolucionó la comercialización de los huevos que recogían los recoveros garrovillanos por los campos.

Se exponen también los cachivaches del último turronero del pueblo y las ruletas del vendedor de golosinas y se preparan espacios para las nuevas secciones de una segunda fase del museo, que se espera acabar esta Semana Santa. En la inauguración estarán la Hija de Churchill, la Ratona, la Pichona y los 246 garrovillanos que han hecho posible este empeño colectivo.