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El diablo cojuelo

Hace algún tiempo que no os doy deberes para casa, y os tengo ociosos todo el día con ese móvil y ese “caralibro”. Hoy os voy a poner en el camino para que os imbuyáis en una leyenda que allá por el siglo XVII hacía furor; su autor es Luis Vélez de Guevara.

El discurso, como su autor lo llama, comienza con una carta, la cual os adjunto para poneros en situación, dice:

“Carta de recomendación al cándido o moreno lector

Lector amigo: yo he escrito este discurso (que no me he atrevido a llamarle libro) pasándome de la jineta de los consonantes a la brida de la prosa, en las vacantes que me han dado las despensas de mi familia y los autores de las comedias por su Majestad; y como es “El Diablo Cojuelo” no lo reparto en capítulos, sino en trancos. Suplícote que los des en su leyenda, porque tendrás menos que censurarme, y yo que agradecerte. Y, por no ser para más, ceso; y no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia. De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y tal.

Tranco primero

Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles, y, por faltar la luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua decían el “Ite, rio est”, cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances por un estupro que no lo había comido ni bebido (que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno), pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado ; y como solicitaba escaparse del “para en uno son” (sentencia definitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso, juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro y los honorados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Vitigudiño, doncella chanflona a que se pasaba de noche como cuarto falso, que, para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato más con el capián de los jinetes a gatas que corrían las costas de aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada que llevaba cautiva la honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos, que juraba entre sí tomar satisfacción de este desaire en otro inocente, chapetón de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba tía, liga donde había caído tanto pájaro forastero.

A estas horas, el estudiante, no creyendo su buen suceso y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región donde había arribado por las extranjeras extravagancias de que estaba adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de garabato; que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo, dueño de aquella oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente (como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión) a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico. Escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía sino verdad que se había venido a los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente: – Quién diablos suspira aquí?

Respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y extranjera:

-Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra, y es mi alcalde dos años habrá.

-Luego ¿familiar eres? -dijo el estudiante.

-Harta me holgara yo – respondieron de la redoma que entrara uno de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí de esta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque éste a cuyos conjuros estoy asistiendo, me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo : -¿Eres demonio plebeyo, o de los de nombre?

-Y de gran nombre- le repitió el vidrio endemoniado -, y el más celebrado en entrambos mundos.

-¿Eres Lucifer? -le repitió don Cleofás.

-Ese es demonio de dueñas y escuderos -le respondió la voz. -¿Eres Satanás? – prosiguió el estudiante.

-Ese es demonio de sastres y carniceras – volvió la voz a repetirle.

-¿Eres Belcebú? -volvió a preguntarle don Cleofás, Y la voz a responderle: -Ese es demonio de tahúres, amancebados y carreteros.

-¿Eres Barrabás, Belial, Astarot? -finalmente le dijo el estudiante.

Como el discurso consta de 10 trancos y más de 40 páginas, por aquello de no cansaros os lo resumiré:

En el Madrid de los Austrias un joven hidalgo, don Cleofás, que huye de la justicia por una cuestión de faldas, se refugia por casualidad en el desván de un astrólogo que tiene encerrado a un diablo en una botella. El diablo le pide que le dé la libertad y Cleofás accede. A cambio, el que se presenta como Diablo Cojuelo lleva al hidalgo a un mágico viaje en el que, por ejemplo, ve desde las alturas el interior de las casas de Madrid como si las hubieran despojado del techo, o también, viaja por los aires a Toledo y a Sevilla y desde allí, en un espejo, ve como “televisado” las principales calles de Madrid cuando salen a pasear los notables de la ciudad. Al final, el Diablo Cojuelo, perseguido por otro diablo que tiene la orden de devolverle al infierno, es acorralado y se mete de un salto por la boca de un escribano que bostezaba. El perseguidor se lleva consigo a escribano y diablo. 

Personajes Principales: 

Los personajes más destacados de esta obra son: el diablo Cojuelo y el estudiante para licenciado Cleofás Leandro Pérez. Estos los personajes que aparecen en todo el libro. Hay otros personajes de la sociedad como taberneros, ladrones, médicos, etc. No se aprecia ninguna evolución en ninguno de los personajes. Al comenzar el relato a Cleofás lo persigue la justicia; y al diablo Cojuelo, los diablos del infierno. Al término de la obra, a los dos personajes los terminan por capturar, aunque Cleofás continuará sus estudios en Alcalá, sin que hayan sufrido ningún cambio.

Julio Saavedra Gutiérrez