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Facundu
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Cándido Javier Gil Pizarro

El viernes tuvo lugar uno de las episodios más amargos de los que he tenido que pasar en mi vida. Más de una vez, los que me leen, me habrán visto decir que uno se replantea muchas cosas ante hechos de esta índole. El viernes fue una de esas. Obviando al autor para el que no encuentro palabras, lo que verdaderamente me cuesta entender es que haya personas dispuestas a apoyar, con su presencia, una verdadera caza al hombre.

Una continúa atribución de falsedades hasta llegar a los insultos más despreciables. Con un lenguaje soez, que debería evitarse aunque solo fuese por respeto a los que le escuchan, se llegó a la bajeza de mezclar a la familia. De quien lo hizo no esperaba otra cosa, pero de quienes con su compañía hicieron suyos los insultos y las referencias a mí familia, si que esperaba algo más. Cuando alguien asiste a un linchamiento como el del pasado viernes, lo apoya con su presencia, y lo consiente con su silencio, me produce una amargura enorme. Los autores de las ofensas, no lo serian de no encontrar terreno abonado donde proferirlas, parroquia que las escuche, y resto que mira hacia otro lado sin tomar partido.

Lo que iba a ser un acto donde un ex alcalde explicase una gestión muchas veces puesta en entredicho, se convirtió en una sucesión de falsedades, imputación de delitos, y referencias a personas fallecidas. He hecho el firme propósito de no dar más vueltas en mi cabeza a lo abyecto de ciertas comparaciones, que afectan a lo más respetado y querido. A lo más íntimo, a lo más noble. La depravación que demuestran quienes las profieren, solo son superadas por quienes con su presencia las apoyan y con su silencio las comparten.