Mucho, mucho tiempo lleva La Plaza sin asomarse por éste ágora para cantar sus cantinelas laudatorias o exponer sus cuitas. Cierto es que me he dejado arrullar en los brazos de Morfeo entrando en cierto sopor al sonsonete de su cantos; todo ello sin ocultar que un tal San Roque, por quien tengo cierto aprecio y alguna similitud, me ha ido pisando el pie en los meses que ha estado por la villa; aprovecho ahora que se ha despedido temporalmente, aunque no me fio mucho, para contaros alguna cuestión menor pero que me apetece que conozcáis.
Ya hace algún tiempo, cuando florecieron por el pueblo señales y pinturas amarillas de esas que se utilizan para regular el tráfico -que no quiere decir que lo mejore- se debatió sobre el asunto. Sin volver al entonces, sí que en estos días, que digo días, meses, de deambular por calles, callejas, travesías y demás calificativos de suelo público, he comprobado el poco respeto, por no decir ninguno, que se tiene a las normas que regulan la vida local; así he comprobado la excesiva velocidad de la que ciertos individuos hacen gala por las calles del pueblo. Sin ir más lejos el otro día por “la corredera” en dirección a la “plaza porticada” y a la altura de la confluencia con la calle “del jhigu”; existe un regulador de velocidad en el suelo al que le falta alguna que otra pieza; un conductor a velocidad más propia de rally que de suelo urbano, intuyo que conociendo bien el circuito, tuvo tal pericia que driblo, cual Ronaldo, el impedimento regulador. En dirección contraria, otro vehículo de características parecidas en color y modelo subía con tal volumen de “música” que hasta el mismo Beethoven hubiera percibido las negras y corcheas que vomitaba por sus ventanillas, eso sin entrar a valorar el gusto de la partitura.
En ese mismo paseo ocurrió otra anécdota que me viene al pelo y que a alguien he comentado. En la calle Doctor Pardo a la altura de Comadres, un vehículo con cierta categoría se detuvo y el conductor me preguntó por la plaza porticada; ¿cómo?, me hice el sorprendido y le contesté: “aquí no hay ninguna plaza con ese nombre”, mi interlocutor extrañado me contesto: “pues es que han indicado que cogiera la calle corredera y directamente llegaría a la plaza, y ni he visto la calle corredera ni la plaza”, después de excusarme por mi ironía le indiqué correctamente el camino a seguir.
Todo esto lo cuento porque quiero hacer mención a algo que llevo algún tiempo intentando cuadrarlo y ahora es la ocasión.
En Garrovillas como en todas las localidades existen los nombre oficiales de las calles y aquellos otros que por mor del tiempo y de la cultura popular de cada lugar se les conocen. En nuestro pueblo tenemos sobrados y conocidos ejemplos: “la corredera”, “la laguna”, “la calli el jhigu” “la calli mendi”, “la calli Pedru Día”, etc. etc., y para mayor gloria mía “la plaza porticada”. Todas ellas calles, plazas y plazuelas tienen lo que sería su nombre propio reconocido; no pretendo con esto que se cambie la denominación, ahora bien, se podría optar por poner debajo del rotulo oficial ¡donde los haya! el nombre localista por el que se conoce, así se reivindicaría tanto el uso local como la locución del “garrovillanu”.
Ya en algún foro propuse que se solicitase al órgano competente el cambio de Plaza de la Constitución, que anteriormente se llama del ¿cómo era que no me acuerdo?, bueno lo dejo, como fuera qué más da, por el de Plaza Porticada, se evitaría así el devenir en función de los tiempo, además siendo mucha o poca, yo digo que bastante, la labor que está haciendo la AA.PP. sería reconocida por el nombre por el cual se conoce fuera de la localidad; asumiendo que en el pueblo se conoce como “la plaza” simple y llanamente.
Que diálogo más bonito aquel de:
-¿Ondi vas?
-A la plaza a vel si compru algu pa’l armuezu” (refiriéndose a la plaza como mercado). Me gusta.
Al hilo de esto, que diría el sastre, y dando una larga cambiada, ahora se lleva mucho eso de “me gusta” en cierta aplicación informática, cosa que no suelo usarla porque me parece que no lleva a ningún sitio, salvo el hacer de ese “me gusta”, o no, una discriminación por pertenecer o no a la sexta o al clan. Prefiero si me gusta algo compartirlo o comentarlo, en algunos casos si no me gusta también lo comento, todo ello sin borrar ningún comentario por mucho que no esté de acuerdo con ello.
Ahora diré que me gusta: pasear por las calles de mi pueblo; hablar con quien me quiera escuchar; tomar “un chato” en cualquier local que lo venda, sin discriminar a ninguno; dar los buenos días o saludar a quien me cruzo en el camino; ver el cambio que se produce en el ambiente por el cambio de estación; apoyarme en el pretil del pozo de “la plaza”; sentarme en las canterías de “la laguna” y ver caer las primeras hojas de las acacias coloreadas de tonos otoñales. Me gusta y lo disfruto.
No me gusta nada: ser obtuso; bajar la cabeza o esconderme en alguna puerta abierta cuando me cruzo con alguien a quien no quiero saludar; hacer distinción con los industriales y comercio de mi pueblo en función de pertenecer o no a mi “clan”; que riñan a nadie con malos modos y peor educación amparándose en Presidencias, sean locales o de Generalidad; tampoco me gusta que refugiado en la falta de imagen, cuando se escribe en medios públicos, se deje entrever cierta inquina y odio por defender planteamiento enfrentado…
¡Hay tanto con lo que disfrutar! También los hay que la vida se les hace más larga porque la amargura prolonga la agonía.
Ya decía al principio que tenía cierto aprecio por San Roque, pues hasta en esto no puedo ocultar cierta similitud de largura (que diría un flamenco); en fin que si lo veo le doy recuerdo de alguno que otro que lo echa en falta, aunque algunos estarán “rezando” porque se mantenga de momento por las alturas.
Julio Saavedra Gutiérrez