Como en este tiempo están los niños de vacaciones hemos montado aquí en el cielo un campamento de verano, por varias cuestiones. Primero porque así no vaguean; segundo porque los papas están trabajando y si no tienen yayos que los distraigan y los monten en “el tira coces” nosotros nos encargamos del cuido; y tercero, porque a la Unión de Santos y Educadores nos viene muy bien un ingreso extra para las próximas fiestas que se avecinan.
Mi amigo y compañero José de Calasanz es el encargado de las materias pedagógicas, y yo como soy un poco cuentista me encargo de entretenerlos con mis historietas y algún que otro cuento.
Estos días les he ido contando aquel que escribiera un tal Cristian Andersen y que lleva por título “el traje del emperador”. A ellos como es algo largo se lo he ido contando por etapas, pero a vosotros intentaré hacer una síntesis y luego que cada cual saque su conclusión.
El cuento dice más o menos así:
Hace mucho tiempo vivía un Emperador cuya única preocupación era tener trajes nuevos. No terminaba uno cuando ya estaba pensado cómo sería el próximo. Él cuando iba al teatro no iba al teatro iba a lucir sus trajes.
Un día pasaron por allí dos hombres que decían ser grandes tejedores.
-¡Oh, sí! –dijo uno- podemos tejer las telas más hermosas del mundo.
-¡Oh, sí! –añadió el otro- el traje será invisible para los que son tontos y para los incapaces de su trabajo.
Los comentarios llegaron a oído del Emperador.
-¡Esto es lo que yo necesito! Pensó el Emperador-. Estaré muy elegante y podré saber cuántos tontos y cuantos incapaces me rodean.
-¡Que me hagan ese traje!
Los tejedores recibieron grandes cantidades de dinero para comenzar a trabajar de inmediato. Armaron dos grandes telares y pidieron finísimos hilos de oro y plata –que escondieron en sus alforjas- y trabajaron día y noche, pero con los telares vacíos. Y siguieron pidiendo los hilos más finos de seda y oro y plata, que guardaban cuidadosamente, mientras hacían como que trabajaban en los telares hasta altas horas de la noche.
-Me gustaría saber cómo avanza el trabajo –pensó el Emperador. Pero la virtud maravillosa de la tela de ser invisible para los tontos o los incapaces lo tenía un poco preocupado.
-Enviaré a mi Sabio Ministro –pensó-, nadie más indicado que él para saber lo que está pasando.
Y el Sabio Ministro entró a la sala donde estaban los tejedores concentrados en su trabajo.
-¡Mi Dios! –se dijo, abriendo los ojos como no sé qué-. ¡Yo no veo nada!
Y le corrió un escalofrío desde los pelos hasta los talones. Pero se cuidó de decir una sola palabra. Los tejedores le rogaron que diese su opinión sobre los colores de la tela, mientras le enseñaban los telares vacíos, y el Sabio Ministro sufría sin saber qué hacer.
-¿Seré realmente un tonto o un incapaz? –pensó-. No me animo a confesar que no veo nada.
Eso pensó, pero dijo:
-¡Es una tela bellísima! ¡Nunca se ha visto nada igual! Sí, sí, así le diré al Emperador.
-Eso nos alegra mucho –dijeron los tejedores, y le explicaron cómo usaban esos diseños y esos colores. El Sabio Ministro escuchó con la mayor atención para poder repetir las explicaciones una por una.
Días después el Emperador quiso saber cómo adelantaba el trabajo y mandó al Gran Chambelán para examinar el tejido y ver cuánto faltaba para terminarlo. Pero el Gran Chambelán sólo pudo ver telares vacíos. Y donde señalaban las manos de los tejedores sólo veía puñados de aire.
-¿No es una obra maestra? –preguntaron los tejedores, explicándole las líneas del diseño y nombrándole los colores usados.
-¡Pero yo no soy un tonto! –pensaba el Gran Chambelán-. ¿Seré incapaz en mi trabajo?
Eso pensó, pero dijo:
¡Es una tela bellísima! ¡Nunca se ha visto nada igual! Sí, sí, así le diré al Emperador.
Y se fue a contarle, repitiendo con pelos y señales los colores y los diseños que habían dicho los tejedores.
Por todo el pueblo se fue extendiendo el rumor como un rumor, y en la ciudad sólo se hablaba del tejido maravilloso. Entonces el Emperador ya no pudo resistir la curiosidad y quiso verlo. Con una selecta comitiva que encabezaban el Sabio Ministro y el Gran Chambelán fue al aposento de los tejedores, que parecían profundamente atareados.
-¿No es cierto que es una tela magnífica? –dijo el Sabio Ministro.
-¡Maravillosa! ¡La única digna de vestir al Emperador! –dijo el Gran Chambelán, pensando que los otros sí podían verla.
-¡Qué terrible –pensó el Emperador- ¡Yo no veo nada! ¿Seré incapaz de gobernar?
Eso pensó, pero dijo:
-¡Es bellísima! ¡Nunca se ha visto nada igual!
Y toda la comitiva aprobó comentando:
-¡Es magnífica! -¡Es admirable! -¡Es hermosa! -¡Nunca se ha visto nada igual!
Y todos le aconsejaron estrenar el traje para el Gran Desfile. El día del Gran Desfile, ante un grupo de cortesanos, los tejedores hicieron como si retirasen la tela del telar. Cortaron el aire con grandes tijeras, cosieron con agujas sin hilo, y dijeron que el traje estaba terminado.
El Emperador llegó en ese momento y los tejedores, ante las exclamaciones de admiración de los cortesanos, le enseñaron las prendas.
-Esta es la chaqueta. -Esta es la capa. -Son más livianas que una tela de araña.
El Emperador se sacó sus ropas y los tejedores fueron vistiéndolo cuidadosamente con las prendas inexistentes.
-¡Qué hermoso traje! -¡Qué colores! -¡Qué elegante queda!
El Emperador se miró al espejo, y aunque sólo vio sus calzoncillos rayados, exclamó:
-¡Es un traje muy pero muy hermoso! Sí, sí, es el más hermoso de mis trajes.
Y comenzó el Gran Desfile. El Emperador marchaba orgulloso bajo el magnífico palio, y todos decían a su paso :
-¡Qué traje soberbio! -¡Es bellísimo! -¡Nunca se ha visto nada igual!
Aunque no veían nada, salvo los calzoncillos rayados del Emperador, ninguno se animaba a admitirlo. Lo hubieran llamado tonto o incapaz, y todos seguían aplaudiendo con admiración.
Pero de pronto, en medio del público, se oyó la voz de un chico que gritaba:
-¡El Emperador está desnudo! ¡El Emperador tiene calzoncillos rayados!
Y un murmullo empezó a correr como un murmullo, hasta que todo el mundo gritó:
-¡El Emperador está desnudo! -¡El Emperador está desnudo! -¡El Emperador tiene calzoncillos rayados!
Y el Emperador se miró los calzoncillos rayados y comprendió que tenían razón, mientras seguía desfilando y los chambelanes seguían sosteniendo la cola del traje que no existía.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
Julio Saavedra Gutiérrez