Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre la avasalladora cantidad de temas de actualidad, de importancia crucial, mucho mayor de lo que nos parece, que, a diario, llegan a mí por diversos medios, pero he de reconocer que ya no dispongo, gracias a Dios, de la misma cantidad de tiempo libre que antes. No obstante intento sacar algo para, al menos, no abandonar mi afición por la lectura.
No es un secreto para nadie que me conozca la fascinación casi enfermiza que siento por el estudio de la Historia y, en el marco de esta bendita manía, llevo unos meses leyendo sobre un período que ha llamado mi atención poderosamente desde hace mucho. Me refiero al período de entreguerras, la década de los años 20 y 30 del siglo XX, el ascenso de los totalitarismos comunista, fascista y nazi. Durante el proceso de aprendizaje de los hechos que condujeron a la mayor escalada de locura colectiva de la Historia humana, hay una pregunta que planea amenazadora sobre el que se adentra en esos años de acero, y que ha provocado muchos debates y algunas de las mayores obras maestras del pensamiento político. Me refiero a la siguiente cuestión:
¿Cómo es posible que en Alemania, por entonces país más avanzado de Europa, con algunas de las mentes más brillantes de la época, desde Einstein a Heisenberg, de Von Braun a Friedrich Hund, alumbrara la barbaridad de una doctrina tan minuciosamente antihumana como el nazismo? ¿Cómo es posible, por otro lado, que en Rusia, tras la Revolución de Febrero de 1917, y tras la creación del primer parlamento democrático de la historia rusa, se permitiera el ascenso de Lenin, a quien se debe, entre otros inventos, el de los campos de concentración y el subsiguiente estallido de la guerra civil probablemente más sangrienta de la historia?
Parece que existe un consenso en que, a parte de otras causas estructurales, un hecho distintivo del ascenso de estas ideologías radica en una mezcla explosiva entre el descrédito del sistema democrático por un lado, y una crisis económica brutal para la que los políticos tradicionales no parecían tener respuesta.
Todo lo cual no pasaría de ser un mero pasatiempo intelectual si no advirtiera que, a otra escala, y con las particularidades que quieran resaltarse, un fenómeno parecido en esencia está ocurriendo a nuestro alrededor, día tras día. ¿Acaso no estamos ante una crisis económica, que lleva cebándose sobre nosotros varios años, y para la cual ni unos, ni otros parecen tener solución? ¿Es que acaso no existe una sensación generalizada de timo y engaño, de sistema agotado y perverso, de que la democracia, en fin, no funciona? ¿Es que no hay voces que piden "otra democracia"?
Pues bien, en estas andaba yo, cuando observo los resultados de Grecia. Y, aunque Atenas está lejos de Madrid, dada la rapidez con la que se mueven las noticias, las buenas y las malas, los pensamientos, los grandes y creadores, pero también los peligrosos y destructores y con ellos las ideologías, se me encendieron las señales de alarma.
Está muy de moda indignarse, proclamarse "revolucionario" hoy en día, pero no estaría de más interesarse y reflexionar sobre resultados de muchas de estas Revoluciones, que no han perdido el aura mística en España, y de las que conocemos sus eslóganes, pero no sus resultados. Sobre todo, antes de colgarse tal o cual etiqueta o ponerse detrás de una u otra pancarta.
Y hoy me ha llegado vía Twitter el siguiente artículo de Hermann Tertsch en ABC. Os recomiendo una lectura sosegada: