¿Estamos en una guerra contra la miseria o contra el terrorismo? ¿Quién es el enemigo? ¿Qué pintan las redes sociales y la tecnología en todo esto? ¿Qué podemos hacer contra el terrorismo de red? ¿Cabe defensa? El 11M nos ha metido, de golpe, en las urgencias del nuevo mundo. Sólo hay algo peor que estar en guerra: perderla. De ambas cosas supimos hace menos de una semana. No estábamos preparados pero ya no cabe paso atrás. Estamos en guerra. ¿Pero contra quién?. ¿Por qué?. ¿Quién es el enemigo?. Desde la guerra de Bosnia y sobre todo, desde Kosovo, pasando por el 11S, el grupo ciberpunk español ha venido haciendo una reflexión sobre este tema. Ha llegado el momento de hacerla extensiva y abrir el debate. La guerra de la globalización Cada vez que una estructura social se abre, la primera respuesta no viene del más débil, sino del que disfrutaba de un pequeño monopolio local de poder. Acostumbrado al uso de la violencia en el mantenimiento de su estatus, será el primero en responder. Desde el cacique carlista de nuestro siglo XIX al marido maltratador de hoy, la estructura es siempre la misma. Un fenómeno igual pasa en el mundo islámico hoy. La identificación de la violencia con las víctimas de una situación injusta es un error heredado de las ideologías del Siglo XX que hay que superar para entender a Al-Qaida y el terrorismo de red. Al-Qaida representa la reacción de las dos primeras víctimas -nada inocentes- de la globalización en el mundo islámico: los pequeños caciques locales y las grandes familias de la oligarquía árabe. Unas y otras temen perder su poder en un mundo que se abre. El pequeño líder religioso que en cualquier pueblo marroquí ha ejercido hasta ahora un control estricto sobre la vida de todos y cada uno (comenzando por el monopolio de los alimentos y por la consiguiente posibilidad de castigo sobre cualquiera) siempre temió a las élites laicas y modernas de Rabat o Tanger. Siempre desconfió y rechazo como impuras las romerías (tan parecidas a las españolas) de los rifeños. Pero sólo ahora, cuando una nueva generación de jóvenes inmigrantes tiene otros referentes y manda dinero a casa. Cuando los hermanos pequeños de los que emigran pueden gastar ese dinero en una capital cercana en un McDonalds Halal (con carne islámicamente pura), pero no matada por él, sobre la que él no ejerce ningún control; sólo ahora empieza a darse cuenta de que su verdadero enemigo es la libertad de opciones que la globalización y los patrones de libertad que vienen de Occidente traen a los que hasta ahora eran sus fieles pasivos. ¿Y qué decir de las oligarquías árabes del Golfo que han mantenido fuera de la ciudadanía a prácticamente toda la población comenzando por las mujeres y siguiendo por los trabajadores, casi todos ellos inmigrantes?. La primera respuesta: la política La primera respuesta importante nos la daba ayer mismo la prensa marroquí: la lucha de los modernizadores, de los que quieren una sociedad abierta y libre, de los pro-globis del mundo islámico es, o ha de ser la nuestra contra Al-Qaida. Los que huyen en pateras buscan un mundo mejor, sí. Pero no sólo económicamente, sino también más libre. Huyen de los caciques y la cerrazón. Y en el aspecto económico no son víctimas de la globalización sino del atroz bloqueo comercial que el proteccionismo de la PAC representa. Contra la antiglobalización de los caciques tenemos que defender más globalización, dotarnos seriamente de la perspectiva de un desarme arancelario que permita -cuando menos- al Norte de Africa integrarse en el mundo abierto en igualdad de condiciones. Sólo así estaremos atacando directa y claramente las bases sociales del horror. La segunda respuesta que podemos dar es cúal ha de ser nuestra actitud frente a los musulmanes en general: los musulmanes no son el enemigo, sino el objetivo a ganar; debemos mostrar a las masas musulmanas de Africa, tanto como a las cristianas de América Latina o las taoistas de Asia que las sociedades abiertas, cohesionadas en redes, permiten a la gente vivir de una forma más libre donde todos y cada uno pueden encontrar su lugar. Identificar Islam con Al-Qaida es regalar de entrada el objeto de la batalla a nuestro enemigo. Cerrar fronteras físicas o confinar a los inmigrantes musulmanes en el gueto del multiculturalismo sin mestizaje fortalece a los enemigos de la sociedad abierta. Recordemos: en fechas tan cercanas como 1981 la Iglesia Católica española era capaz de llenar la Castellana de Madrid en una manifestación masiva contra la ley de divorcio. ¿Qué ha mediado entre aquel país todavía en buena parte tramontano y la España actual conmocionada por los malos tratos y comprometida en la igualdad de sexos?. Nuestra particular y casi siempre dulce globalización: la puesta en marcha de la democracia, el referente de los emigrantes que entonces volvían masivamente al calor del desarrollo económico y las libertades y la integración en la Unión Europea. El modelo español, que ha alejado en buena medida al integrismo católico de la política y el terrorismo es perfectamente "exportable" al Magreb Por David de Ugarte