Un habla peculiar.- La tambora de los «sanantoneros».- Las serranas y los Sanblases.- La «vaca romera».- Los toros, la gran fiesta.- Las leyendas.

Lo peculiar de Garrovillas de Alconétar, es decir, lo que le es propio y le diferencia en mayor o menor medida de otras localidades, es su dialecto, son sus tradiciones, sus fiestas o, incluso, las leyendas. Todo ello conforma un modo de ser y de comportarse muy peculiar hasta formar la personalidad del garrovillano, heredero de los habitantes de Garro y de Alconétar, pero con notables adherencias judaicas y musulmanas.

Hasta hace algunos años, una de las notas más identificadoras del carácter garrovillano era precisamente su modo de hablar. Aún hoy se conservan modos fonéticos, frases y dichos tan singulares que diferencian claramente al garrovillano del resto del habla extremeña. Garrovillas es igualmente pueblo rico en refranes y sentencias, en buena parte recopiladas, que muestran la sabiduría popular, así como la riqueza de las tradiciones rurales.

Las fiestas propias de Garrovillas, alguna de ellas ya fenecidas a pesar de haber tenido un notable esplendor, siguen el tiempo y el ritual de las conmemoraciones agrícolas de todos los pueblos. Son tiestas que anuncian las estaciones del año, los ritos religiosos y las cosechas. Así comienzan por San Antón -17 de enero- cuando se ha recolectado la aceituna; continúan con San Blas, claro anuncio de la primavera; San Roque, recogido el cereal en las trojes; y, cuando el invierno se aproxima, las ferias de ganado En Garrovillas, San Antón tiene dedicada una ermita, que preside el barrio de Cantarranas, próximo a las charcas. La Cofradía es la más popular y se la conoce con el nombre de ‘Hermandad de San Antón”, designándose a los componentes como “sanantoneros”. La víspera de la fiesta recorre las calles un “sanantonero” aporreando la tambora, con un son compuesto de tres golpes pausados seguidos de otros tres a ritmo más rápido. Los chiquillos que acompañan la comitiva canturrearán al ritmo de los golpes: ‘pon, pon, pon/la tambora de San Antón”. Es el comienzo de la fiesta que continuará en la misma víspera con el paseo de la Hermandad en pleno, acompañada de la tambora, la gaita y el tamboril y en armonía entre el trago, el buen humor y entre canciones de este tenor: “Tiene una cochinita/la Hermandad de San Antón/ que para beber por ella/ hay que quitarle el tapón! San Antón/ San Antón/ hay que quitarle el tapón” Lo de la “cochinita” alude al cuero de vino que los «sanantoneros» manejan con generosidad.

Por la noche se quema una monumental “minaria” -hoguera- para lo cual clavan en tierra un gran madero que se cubre con escobas, retamas, maderas viejas y toda suerte de trastos que suministran los vecinos. Durante la fantástica llamarada, no cesa la música de tamboril. El día de la fiesta se celebra una procesión festiva y jaranera. Durante el recorrido cuelgan de las andas del Santo, chorizos, buches y todo género de embutidos, que luego serán subastados con objeto de financiarlos gastos de la fiesta y de la Hermandad. Así como San Antón es la fiesta de los hombres, San Blas, pocos días después, es del dominio casi exclusivo de las mujeres. San Blas y San Blasino o los San Blases, como se les conoce, con la oportunidad para despedir el invierno, vestir los atuendos tradicionales y comer el “bollu” y el “chorizu”. Y así se dirá en la original habla garro- villana: “Primero jebreru/ segundo candeleru/ Bras terceru/ Brasinu festeru”.

El día de San Blas -3 de febrero- escoltan la procesión las mozas y las niñas, vestidas de “serrana”, atuendos que volverán a lucir en el paseo de la tarde, que ha quedado como reminiscencia de la antigua romería a la desaparecida ermita de San Blas que se alzaba en la dehesa de Villasbuenas. Por esta razón el paseo se hacía por el camino a la fuente de la Madrona para regresar por la Peña de la Vista. Durante el paseo hace su aparición la “vaca romera”, que no es otra cosa que un hombre disfrazado de vaca, que pone el espanto entre los pequeños y júbilo entre los mayores. La “vaca romera” va provista de una especie de alforjas, en las que suele llevar confituras con las que paliar el susto de la chiquillería. A cambio, la “vaca romera” recibirá morcilla, patatera y otro género de embutidos o golosinas. Y así asustando a unos, divirtiendo a todos, haciendo sonar el campano, tiznando la cara a los jóvenes, transcurre la tarde, antes de que comiencen los bailes. El día siguiente -el de San Blasino- está consagrado a comerse el “bollu” y el “chorizu”. Con este motivo se organizan jiras, antes con carros y caballerías enjaezadas, en las que la única o principal vianda es el “bollu”, pan especial con anís, con forma de ave, en el que se introduce un chorizo, a ser pasible de lomo, y un huevo, de forma que la masa, el chorizo y el huevo se cuezan al mismo tiempo. Los mozos entonaban entonces aquellas músicas cuyas letras decían: “cuando paso por tu puerta/ el día de San Blasinu / llevo el jocico pringau/ por el bollu y el chorizu/ pá que no diga tu pairi/ que estoy lampando y jambrientu/ pá que no diga tu mairi/ que de verte me mantengu…” Llega el varano, ha terminado la siega, los granos están en la troje, y los garrovillanos pensaban y piensan en la gran fiesta, San Roque o los Toros, que año tras año reproducen el reencuentro entre los que continúan y los que emigraron.

El escenario es la Plaza Mayor, convertida en coso para capeas desde hace varias centurias. Las talanqueras, los carros, la jaula de maderos, la empalizá, las costanas, los rehiletes, los soplillos, son los ingredientes del juego con los toros. Toros que fueron los pioneros de cuantos se celebran en la región, regalo de los Duques a sus súbditos tras el pago de los diezmos e impuestos. Habría que hablar de otras tradiciones desaparecidas. De las “lloronas” que tuvieron fama y que se encuentran recogidas en tratados de costumbres populares. Eran mujeres que, previo pago de un estipendio, acompañaban el velatorio de los muertos con gritos y lloros profesionales.

También de aquellas otras que compendiaron Moisés Marcos de Sande y Simón Herrera. Pequeñas, hasta insignificantes leyendas y tradiciones pero que constituyen la mejor demostración de la idiosincrasia de Garrovillas de Alconétar. Junto a la leyenda de Floripes, de Altagracia y del Cristo de las Injurias, la de la ermita de San Bartolomé, la del Cristo del Humilladero, la historia de personajes legendarios como el Chico de Cabrera o el Parro; las tradiciones ingenuas de los carbones de San Lorenzo, las Peñas de la Jilandera, del Soldado o del Bolsicu; las supersticiones o la larga historia de los curanderos garrovillanos.

Texto pertenecientes a la Guía historico-artistica de Garrovillas de Alconetar.

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