Recuerdo de una batalla entre portugueses y castellanos. -Retablos dorados y cuadros de los mejores pintores.- Descanso para el virrey del Perú.- El Cristo que dilapidaron los hebreos.- «…fue destruido por quienes quisieron destruirlo…»

Hablar del convento de San Antonio significa para cualquier garrovillano hurgar en una vieja herida, todavía sangrante. Pero no queda más remedio que ir al convento de San Antonio, enclavado en las cercanías de la villa, y que fuera fundado en 1476, en época de los Reyes Católicos. En el año 1790 -tres siglos más tarde- un miembro de la Real Audiencia de la provincia de Extremadura llegó a Garrovillas y levantó acta del convento de religiosos Franciscanos de San Antonio de Padua con estas palabras: «Tiene patio de columnas muy bellas y la iglesia de una sola nave de estilo gótico. La capilla mayor del retablo de tres cuerpos y columnas de buen gusto en el que se apoya este convento de San Antonio de Padua.

En dos nichos colaterales están tallados en mármol las estatuas de los Condes de Alba de Liste, sus patrones, con actitud orante, siendo el número actual de religiosos de once Franciscanos. Además de las limosnas, que percibe de la casa del dueño temporal de diecisiete mil reales. Anteriormente había en el estudio de Moral y Filosofía». Si el viajero, ignorante de la desventura del convento, dirigiera allí sus pasos no encontraría ni retablo de tres cuerpos, ni columnas de buen gusto, ni estatuas en actitud orante, ni religiosos de misa, ni coro ni coristas, ni hermanos legos, ni ningún legajo que atestigüe viejos estudios de Moral y de Filosofía. Encontrará, en cambio, ruina y abandono del que fuera por su amplitud y belleza, uno de los mas importantes de Extremadura.

Pero sigamos el relato histórico. El día 1 de Marzo de 1476 (otra ocasión perdida para conmemorar el quinto centenario de la fundación), el ejército de los Reyes Católicos derrotó en la ciudad de Toro a la coalición integrada por el Rey Alfonso V de Portugal y parte de la nobleza castellana. Era la guerra provocada por quienes apoyaban a Doña Juana la Beltraneja en contra de Isabel la Católica. En la ciudad de Toro cayó prisionero D. Enrique Enríquez. Su esposa Doña María de Guzmán, señora de la villa de Garrovillas y heredera del aquel Enrique Guzmán a quien el Rey D. Juan II, en 1434 le hiciera donación de Garrovillas y de Alconétar, hizo la promesa de erigir un convento en honor de San Antonio de Padua, tan pronto fuera liberado su esposo D. Enrique Enríquez, Conde de Alba de Liste. Aquella fundación progresó y dos siglos más tarde se restauró el convento y se amplió la iglesia, datándola de magníficos retablos dorados y adornándola con cuadros de los mejores pintores, tanto en el altar mayor, como en los dos laterales. las obras corrieron a cargo de Don Luís Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste, de Villa Flor y Virrey del Perú, que, junto con su esposa Doña Hipólita de Córdoba, se enterraron allí. Eran estos los enterramientos de los que hablaba, en 1790, la Real Audiencia de Extremadura y que hoy se encuentran en paradero desconocido. Sigamos con la descripción del convento: de acuerdo con Fernando Bravo y Bravo, la iglesia, con bóveda de crucería, y el claustro son de estilo renacentista; aquella de una sólo nave de piedra de sillería, con dos capillas laterales a cada lado, dos renacentistas y otras dos platerescas.

En ellas se encontraban los enterramientos de los Condes, adornados con estatuas orantes de alabastro. Todo aquello ha sido destruido o saqueado en los últimos tres años. El coro se asienta sobre un atrevido arco. En el muro oeste se abre la puerta principal del templo tiene una ventana encima para iluminar el coro. Otra puerta, en la fachada norte, en arco apuntado, que debió aprovecharse de la construcción primitiva. En la parte exterior se contempla un escudo de armas e la Casa de Alba de Liste, y en su parte inferior se encuentra labrada la figura de Don Enrique Enríquez, con dogal al cuello, en señal y recuerdo de su prisión en el cerco de Toro. El claustro del convento es de sobrio estilo renacentista. La parte baja con pilares cuadrados de sillería, rematados con tres arcos de medio punto a cada lado, sobre los que corre una galería de cinco columnas de orden toscano en cada ala, además de las cuatro fundidas, correspondientes a las esquinas. La columnata del claustro alto sostiene una cornisa adornada con triglifos. En los muros del claustro bajo existieron pinturas al fresco, hoy destruidas, con escenas de milagros y pasajes de las biografías de frailes franciscanos, con leyendas explicativas.

En la fachada del saliente, que mira a la ermita del Cristo del Humilladero, se abre la puerta de acceso a las dependencias del monasterio franciscano. Distintas y muy variadas fueron las vicisitudes que pasó el monasterio hasta la época d la desamortización y de su ruina progresiva. En las crónicas oficiales de la Orden Franciscana se consigna que, aunque el Monasterio “quedó corto y de material débil”, la comunidad se decidió a ocuparlo contentos, sin esperar más socorro que las limosnas ordinarias del pueblo. No obstante, los Condes concedieron una ayuda anual de ocho arrobas de pescado, una de cera y 15000 maravedíes para reparaciones. Mas adelante por ampliarse la comunidad, se elevó la limosna a veinte fanegas de trigo, treinta de cebada que junto a las ventas limosnas procedentes de los pueblos colindantes (Acehuche, Ceclavín, Hinojal, Navas del Madroño, Portezuelo, Santiago del Campo y Talaván) sufragaban las necesidades de la comunidad, que en el siglo XVIII llegó a contar con veintidós sacerdotes, tres legos, tres donados y tres sirvientes.

En el claustro del convento estuvo instalada la capilla del Cristo de las injurias, actualmente en la iglesia de San Pedro. Según la tradición, la imagen se encontraba en una ermita, distante tres cuartos de legua de Garrovillas, en el sitio llamado Villasbuenas, en término de Portezuelo. Personas hebreas apedrearon la imagen del Cristo. Una vez detenidos los sacrílegos, la imagen fue traída a Garrovillas. Pero, ante la protesta de Portezuelo, el Tribunal de la Inquisición de Llerena resolvió que la imagen no se albergara en ninguna de as dos localidades, sino en el convento de San Antonio. En el mismo claustro fue erigida la capilla de la Cofradía de la Vera Cruz, de carácter penitencial. Llegamos al fin, a la época de la Desamortización y a la exclaustración de los frailes, ocurrida el 25 de agosto de 1835. Siete años más tarde se procedió a dar traslado a las imágenes del Convento: el Santo Cristo de las Injurias y Santo Domingo, a la iglesia de San Pedro; la Purísima Concepción y San Francisco quedaron en la iglesia de Santa María; San Antonio, Santa Isabel y Santa Rosalía, a las Monjas. También quedaron en San Pedro la imagen de la Virgen de la Saluda y otros Cristos.

El 7 de diciembre de 1842 se produjo uno de los hechos más irracionales que se recuerdan: gentes del pueblo procedieron a quemar los dorados retablos del Convento, pues era creencia general que, tras el fuego, aparecía el oro que adornaba las tablas. Se quemó el arte y la historia. Un año más tarde, Manuel Maldonado registró en escritura antológica lo siguiente:”En enero de 1843 tuvo lugar la destrucción del Convento de San Francisco de esta villa por los que quisieron destruirlo; fue destruido por los propios vecinos de la misma”. Así de patético es el relato. Más tarde, se enajenó la huerta, que quedó dividida en cinco lotes murados y también se vendieron el Convento y Iglesias, en los que varios vecinos adquirientes montaron una fábrica de paños. El último destino del edificio ha sido para tinados de ganados y herradero de reses y esquileo de lanares. Hace un cuarto de siglo se pretendió al culto, pero el alto costo lo hizo inviable. Cuando esto se escribe, la iglesia, el convento, están a merced de la rapiña y la destrucción, aunque se halla en trámite un expediente para su declaración de monumento de interese artístico.

Texto pertenecientes a la Guía historico-artistica de Garrovillas de Alconetar.

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